lunes, 22 de enero de 2007

Los Sindicatos Libres, un obrerismo nacido en la Tradición

Fuente: ARBIL, Anotaciones de Pensamiento y Crítica, nº 30

Un Sindicalismo original, que a pesar de sus promotores tuvo pocas servidumbres políticas sirviendo a los intereses de los trabajadores y preocupando a los sindicatos de clase, al servicio del marxismo y al sindicalismo amarillo, al servicio del capital.

El movimiento obrero ha sido investigado con amplitud, sin embargo, el Sindicalismo originario de grupos políticos no procedentes de la izquierda, no siempre ha sido estudiado con la objetividad necesaria. La acusación de amarillismo (colaboración con la Patronal) siempre ha sido achacada a todos las asociaciones obreras católicas o independientes. Sin embargo, el fenómeno del Sindicalismo Libre fue muy distinto y la combatividad que se dio contra él procedió precisamente por su radical defensa de los derechos del obrero, rompiendo el monopolio del sindicalismo único de la CNT en la Barcelona de principios de siglo.

Los Sindicatos Libres nacieron en el tejido social del Tradicionalismo barcelonés. Por aquél entonces, el Tradicionalismo catalán vivía su renacimiento. Hasta 1876 el Tradicionalismo catalán había sumado a sus reivindicaciones un fenómeno de protesta social de la población rural pirenaica empobrecida contra el incipiente capitalismo de las urbes del litoral. Después del fracaso militar de la Tercera Guerra Carlista, la fuerte industrialización produjo una fuerte mutación social que obligó al Tradicionalismo a adaptarse a los tiempos modernos. Su participación política se incrementó y la apertura de Círculos se amplió especialmente en los núcleos urbanos como Barcelona. Pero en estos espacios urbanos el anticlericalismo practicado por el Partido Radical de Lerroux tenía una importancia cada vez mayor y se reclutaba entre el naciente proletariado barcelonés. El Tradicionalismo se fue convirtiendo en la respuesta y refugio más firme de los obreros católicos. Una parte de los nuevos inmigrantes llegados a Barcelona eran personas procedentes de las laderas pobres del Pirineo que mantuvieron en la gran urbe su Fe católica y su fidelidad a los ideales del Tradicionalismo.

El Tradicionalismo barcelonés del siglo XX estaba compuesto de dos sensibilidades, el periódico El Correo Catalán, representaba una línea moderada, gremialista y era el órgano oficial del Delegado regional, Duque de Solferino, y de Miguel Junient, redactor jefe del mismo. Sin embargo, el semanario La Trinchera representaba un sector obrero y más radical en sus proclamas, que tenía su especial acogida en los Círculos El Porvenir, Crit de Patria y el Ateneo Obrero Legitimista. El principal punto de enfrentamiento entre las dos corrientes era la consideración de alianzas electorales. Los tradicionalistas catalanes estaban obligados por su sistema electoral a evitar su marginación política y social y la alianza con la Lliga Regionalista tenía unas bases comunes en la defensa del catolicismo y un cierto catalanismo.

Pero para los más radicales procedentes de las clases populares, el verdadero enemigo era la Lliga por su separatismo latente y su procedencia exclusiva de la burguesía. Los radicales eran partidarios de crear un clímax “revolucionario” con la conjunción práctica con fuerzas antisistema como los republicanos, ya que había un antecedente de lucha contre el enemigo común en la Segunda Guerra Carlista, la colaboración con la más fuerte Lliga, convertía al Tradicionalismo local en un grupo marioneta de los intereses de Francesc Cambó. Había que decir que el Tradicionalismo barcelonés era uno de los movimientos políticos más interclasista del Tradicionalismo, estando compuesto en un tercio por trabajadores residentes de los barrios periféricos. En este magma social y político es donde iba a nacer uno de los Sindicatos más reivindicativos y desconocidos de nuestra historiografía.

El nacimiento del Sindicato Libre

La demanda de un Sindicalismo profesional se hacía necesario, la CNT que en 1915 tenía 15.000 miembros había pasado en 1919 a 714.028 afiliados, mientras la más reformista UGT contaba con 211.342 altas y los católicos de los sindicatos del Marqués de Comillas llegaban con dificultad a los 60.000 afiliados. El eco de la Revolución bolchevique, un reforzamiento de la posición de fuerza de muchos empresarios enriquecidos en la locura de la guerra y una radicalización revolucionaria de los dirigentes cenetistas obligó a muchos obreros y empleados católicos a pensar en la fundación de un Sindicato aparte del que empezaban a controlar los elementos anarquistas radicales. Hasta entonces la CNT había aglutinado sindicatos profesionales y los anarquistas revolucionarios eran una corriente minoritaria que se fue creciendo con la paulatina desaparición de los moderados.

En 1919, se producía una reunión en el Ateneo Obrero Legitimista de Barcelona, presidida por Pedro Roma, Miguel Junyent y Salvador Anglada. En esta reunión se decidió la necesidad de fundar un Sindicato profesional y separado de la CNT que tenía un fin revolucionario. Ramón Sales fue elegido presidente y diferentes cuadros tradicionalistas entraron en la labor sindical convirtiéndose en la élite culta del Sindicato que se ocupó de la ideología, redactar estatutos, relaciones públicas y dirigir la organización. Estos hombres fueron José Baró, Jordi Bru, Estanislao Rico, Santiago Brandoly, Domingo Farrel, Juan Laguía, Feliciano Baratech y Mariano Puyuelo. Los intelectuales se encargaron de la divulgación en prensa, pero los resortes de la organización fueron controlados por obreros, algo que no había sucedido en los sindicatos católicos.

Ramón Sales fue su presidente y líder indiscutible hasta 1936. Nacido en 1900 en La Fulleda (Lérida), emigró a Barcelona con sus hermanos al enviudar su madre. Empleado en unos almacenes, pertenecía al sindicato de la CNT, pero a su vez era miembro del Requeté, ya que mantuvo los contactos tradicionalistas que había tenido en el pueblo. Sales no fue ningún orador pero cuando tuvo que expresarse lo hizo claro, contundente y casi siempre en catalán, porque hablaba mejor. Fue el líder indiscutible del Sindicato y eso que se convirtió en su presidente con 19 años.

El Sindicato Libre pronto cobró personalidad propia al enfrentarse al rival cenetista y hacer frente también a la Patronal en sus veleidades de subordinarlo a sus intereses. De 1919 a 1921, el naciente Sindicato fue promocionado por los empresarios en su labor de dividir al proletariado barcelonés. Sin embargo, los Libres siempre dejaron claro que su política iba en defensa estricta de los derechos profesionales del obrero y no se iban a plegar a los intereses de los empresarios, como había pasado con algunos sindicatos profesionales y católicos, que habían nacido por el patrocinio de algunos notables conservadores y se sentían obligados a defender el “orden” constituido. Este punto de vista diverso impidió unas relaciones amistosas con los sindicatos confesionales que estaban controlados por magnates conservadores.

No obstante, los Católicos-Libres fundados por los dominicos habían mantenido una postura más combativa en los intereses obreros y mantenían un buen diálogo con los carlistas. Estos Sindicatos tenían casi su única fuerza en la región vasco-navarra por lo que la simbiosis carlista y sindicalista se daba en muchas zonas como Azpeitia. Esta amistad se prolongaría de tal modo que en 1924 en el Congreso de Pamplona decidieron fusionarse y crear la Confederación Nacional de Sindicatos Libres, cuya fuerza estaba en Cataluña y País Vasco-Navarra, curiosamente parte de la misma geografía política del Tradicionalismo.

Hasta 1923, los Libres sufrieron la constante amenaza del terrorismo anarquista que no podía permitir que hubiesen escindido a la clase obrera: el precio fue el asesinato de 53 dirigentes sindicales. Sin embargo, los Libres también crearon sus Grupos de Autodefensa que atacaron a los anarquistas con sus mismas armas. No obstante, los Libres estaban naciendo y la pérdida de dirigentes les hacía más daño. Para colmo, las autoridades restauracionistas, en premisa de proteger el orden liberal establecido, detenía tanto a Sindicalistas cenetistas como Libres. La lucha entre ambos sindicatos fue sangrienta, pero la Patronal intentó manejarla a su favor utilizando esquiroles Libres en las huelgas de los anarquistas y al revés en las promovidas por los Libres.

Sin embargo, el período de 1920-1922 en el que el Gobierno civil fue dirigido por el General Martínez Anido, la situación mejoró para los Libres. Aunque el Sindicato nunca se definió como tradicionalista, para posibilitar su crecimiento en el proletariado profesional, la alianza con el General fue posible para luchar con éxito contra una CNT liderada por el elemento más radical del anarquismo revolucionario. De esta forma el elemento más moderado de los cenetistas se afilió a los Libres y algunos dirigentes procedían del campo izquierdista, aunque los tradicionalistas tenían el control, como Estanislao Rico, director de Unión Obrera, órgano del Sindicato.

La madurez del Sindicalismo Libre

En 1923, el Sindicato Libre contaba casi con 200.000 miembros, tres cuartas partes en Barcelona. El crecimiento había sido grande debido al interés de algunas agrupaciones sindicales por defender sus intereses profesionales y no preocuparles los fines revolucionarios y terroristas de los anarquistas, por que cuando la represión de Martínez Anido hizo su efecto, estos Sindicalistas se afiliaron a los Libres, como los únicos capaces de defenderlos frente a la Patronal conservadora, algo que no harían los católicos confesionales.

Sin embargo, en este año se produjo la instauración de la Dictadura de Primo de Rivera. El General Martínez Anido fue nombrado Ministro del Interior, pero el nuevo régimen no sólo no apoyó, como creían al Sindicalismo Libre, sino que eligieron a los socialistas de la UGT como entidad colaboradora, prohibiendo la CNT. Los Sindicalistas Libres únicamente pudieron ocupar los puestos que los socialistas no querían. Entretanto, el Tradicionalismo político estaba debilitado por la escisión mellista de 1919, que no había supuesto defecciones en Cataluña, pero por su foralismo catalán que se oponía al centralismo liberal del primoriverismo, se opuso a la Dictadura.

El Sindicalismo Libre tuvo a varios dirigentes perseguidos por su catalanismo y a otros que ocuparon puestos de responsabilidad en el incipiente corporativismo del régimen por su amistad con Martínez Anido. No obstante, el Sindicato tuvo entonces su máxima expansión con 197.853 miembros, las tres cuartas partes en Barcelona y alrededores, destacando Igualada y Tortosa, ambos núcleos de un fuerte Tradicionalismo, el segundo núcleo, País Vasco y Navarra, contando con varios grupos en Asturias y Madrid. En 1927 se fundó la Confederación del Centro, en 1928 la del Levante y en 1930 la de Andalucía. Los Sindicatos principales eran en el sector servicios, artesanal y empleados. Los camareros, cocineros, panaderos, barberos, empleados de Banca y dependientes de almacenes fueron los más fieles al Sindicalismo Libre, fuera de Cataluña los afiliados procedían de trabajadores especialistas.

El declive de una organización

En 1930, con la caída de la Dictadura de Primo de Rivera y el inicio de la dictablanda de Berenguer, el Sindicalismo Libre era una organización madura que tuvo que afrontar con la libertad sindical y la vuelta de la CNT a la legalidad la defección de un 20 % de sus efectivos catalanes. Sin embargo, el fin del Sindicalismo Libre no vino únicamente de la presión de una renacida CNT con 1.600.000 afiliados, sino que con la llegada de la II República, las nuevas autoridades decidieron emprender una represión sin medida sobre la Organización Libre. Ramón Sales tuvo que exiliarse a Francia, donde vivió de albañil y otros oficios, algunos dirigentes como Estanislao Rico, Josep Baró y Jordi Bru pasaron a la renacida Comunión Tradicionalista que había acogido a los escindidos integristas y mellistas y 16 sindicalistas fueron asesinados en un mes por la CNT para intimidarlos.

Las Secciones sindicales se fueron desgajando de la Confederación y poniendo distancia, permaneciendo independientes o integrándose por la fuerza en la CNT o UGT. Especialmente Lluis Companys, antiguo abogado de la CNT, y prohombre de la ERC fue el más vengativo posibilitando el Pacto del Hambre, un acuerdo en que la Patronal se avenía con la CNT y la UGT a no contratar a ningún trabajador afiliado a los Libres. Unos 4.000 obreros fueron afectados por tales medidas, por razón de edad unos 200 no pudieron trabajar nunca más, quedando en el mundo marginal con la complicidad de las autoridades republicanas de la Generalitat.

Entretanto, los sindicatos católicos, profesionales e independientes se confederaron en la CESO consiguiendo reunir a más de 200.000 trabajadores, en esta amplia organización se integraron la mayor parte de las antiguas Agrupaciones de los Libres, como la regional del País Vasco-Navarra y la Federación de Obreros de Cataluña, nacida en 1932. Sin embargo, esta organización defendía la vía moderada de los antiguos sindicatos confesionales y repudió la posterior petición de integración de un renacido Sindicato Libre.

Ramón Sales estuvo moviéndose en clandestinidad en Barcelona, desde Francia y en 1935 la Organización reapareció con unos cuantos dirigentes de los antiguos carlistas de Sales de la primera hora. Sin embargo, esta vez en una España politizada, el mundo laboral impedía la vigencia de una fuerza sindical profesional. Los Libres se vieron reducidos a su núcleo barcelonés y al reducto del obrerismo carlista.

No obstante, las relaciones con las autoridades locales de la Comunión Tradicionalista no eran cordiales. Los Libres se habían convertido a un “nacionalismo” españolista de raíz obrera que chocaba con el catalanismo de algunos dirigentes locales de la CT. Aunque fuesen el Sindicato con mayor número de catalanoparlantes, Sales, Baró, Roig, Fort, Clavé son los apellidos de los principales dirigentes y la mayor parte del proletariado catalán fue fiel a los Libres frente a los emigrantes, que por su falta de especialización eran clientela fácil del extremismo anarquista. Los Libres estaban bastante politizados y eran patrocinados por el entramado derechista de Barcelona. El recién formado Bloque Nacional de Calvo Sotelo se dedicó a promocionar a los Libres. Este grupo era en teoría una coalición de alfonsinos y carlistas, pero fue en realidad una formación personalista de Calvo Sotelo, aunque muy objetada por sus teóricos integrantes, Goicoechea, líder de Renovación Española, por mantener el liderazgo de los alfonsinos y los carlistas por el posible intento de enajenar las masas populares al líder carlista Fal Conde.

Los Libres necesitaban apoyos y la CEDA, partido mayoritario de la derecha, ejercía su influencia en la CESO; los Libres por tanto únicamente gozaron con la estimable ayuda de un viejo amigo, Joaquín Bau, el carismático líder del Carlismo tortosino. Con el estallido del Alzamiento el 18 de Julio, algunos miembros sindicales consiguieron unirse a los sublevados. Entre ellos, Augusto Lagunas, Ramón Colom y Pedro Navarro murieron en combate, otros como José Baró, Jaume Fort y Anselm Roig fueron fusilados por la FAI-CNT. En cuanto a Ramón Sales, consiguió ocultarse y huir a Francia de donde volvió para ayudar a fundar la 5ª Columna en Barcelona; allí fue capturado por sus antiguos enemigos de la CNT, quienes le torturaron y desde cuatro camiones le descuartizaron en las Ramblas.

El Sindicalismo Libre fue una experiencia nacida en la base obrera carlista que consiguió expansionarse al defender los intereses profesionales de los trabajadores, pero que no contó con la ayuda de sus “afines” conservadores, que siempre le vieron peligrosamente revolucionario por su origen, poco cómodo. En su final, el Sindicato no pudo luchar contra sus rivales y las autoridades republicanas, especialmente Companys, quien fue el más empecinado en aniquilarlos. Finalmente la Guerra aniquiló a sus últimos miembros en la lucha por Barcelona, hasta la hora de la Liberación.